Hablar de tiempo

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Aristóteles dice en su Física que el tiempo, que es número del movimiento, no existiría si no hubiese un alma capaz de numerar (1). Es decir que, al menos para Aristóteles, el tiempo es un asunto del alma. Un asunto espiritual. Por este motivo el hecho de poder hablar del tiempo en las obras de arquitectura implica aceptar y demostrar, una vez más, que la arquitectura tiene una dimensión espiritual ineludible y que toda obra de arquitectura es, o está llamada a ser, una apelación al espíritu, una forma o un camino de contemplación.

El hombre en sí mismo es un misterio transido de tiempo y eso hace que el tiempo sea un tema profundamente humano. No hay asunto humano que no esté conformado y condicionado por el tiempo. Incluso, desde cierto punto de vista, podríamos pensar que está más condicionado por el tiempo que por el espacio. O que lo está al menos de una manera mucho más notoria. Esta preeminencia del tiempo sobre el espacio tiene sentido, claro está, desde una óptica que no es la estrictamente científica y que voy a intentar explicar.

Una de las parábolas de Cristo, que describe lo que la teología cristiana denomina precisamente “la plenitud de los tiempos”, es aquella del grano de mostaza (2). En ella se trata de explicar cómo es esa plenitud, el tiempo pleno, asemejándola a la germinación de una minúscula semilla. Ahí, en esa minúscula germinación se encierra toda la potencia mesiánica. ¿Por qué esa comparación? Quizá esta podría ser una explicación.

La germinación de la semilla es un acontecimiento henchido de tiempo, pleno de tiempo, de futuro y pasado condensados. Pero no estáticos sino ya en movimiento. En la germinación el futuro ya está aquí, de algún modo, y el pasado está operante. Es el momento en que las cosas abandonan su ser en potencia para asomarse al acto, para ser ya un hecho, un advenimiento. La germinación es un auténtico alba, en palabras de María Zambrano (3). A partir de ahí se desarrolla una nueva vida que dará en muchas otras semillas y en la posibilidad de otras muchas nuevas vidas. Una auténtica explosión de tiempos. Pero a poco que pensemos vemos que la germinación, con todo su significado y su potencia, se da en un lugar escondido, en un no-espacio, en un espacio mínimo e irrelevante, fuera del alcance de nuestros sentidos. Supone el mínimo espacio y el máximo tiempo. La germinación es entonces una cuestión de tiempo y no espacio. Mucho tiempo y muy poco espacio.

De hecho, el inicio de la vida de cualquier ser humano, allá en el seno materno, es una cuestión de minúsculo espacio y un tiempo tremendo, imposible de medir. Y también, si pensamos en los grandes acontecimientos que marcan, dividen o cambian esa vida humana, vemos que son todos ellos cuestión principalmente de tiempo; y no tanto de espacio; de tiempo señalado, marcado, dilatado. Así ocurre con los nacimientos, muertes, enamoramientos, casamientos… en muy pocos de estos asuntos el espacio es decisivo. En la mayoría de los casos no pasa de ser un acompañamiento, un escenario o una condición simplemente necesaria, pero con importancia muy relativa. En casi todos esos tiempos fuertes, es el tiempo el que prevalece sobre el espacio.

Quizá cuando Luis Moreno Mansilla decía que a la gente le interesa muy poco el espacio y sí el tiempo (4), tenía algo de todo esto en la cabeza. Si la arquitectura, a la que tradicionalmente se le ha asignado el cometido de la creación de espacios, podemos considerarla, al menos en igual medida, creadora de tiempos, entonces gana en dignidad, si cabe, y se convierte en algo aún más humano, aún más ligado a las vidas de los hombres.

Hay quien dice que cualquier relato es, en realidad, sobre tiempo (5). Cuente lo que cuente, es el tiempo lo que en él se nos relata. Pasó esto y aquello y después lo otro. No hay duda; el relato nos muestra el tiempo de una determinada manera; y todo lo que en él sucede son a fin de cuentas acontecimientos, es decir, tiempo, y su darse tiene una forma. En realidad esto es cierto para otras cosas que no son estrictamente relatos. La música es también sobre tiempo. No solo la programática. Toda música lo es de tiempo. Toda danza lo es de tiempo. Todo poema lo es de tiempo.

Y la vida, nuestra vida, es tiempo. Quizá por eso, al menos en parte, todas estas disciplinas, que son de tiempo, nos tocan de un modo tan directo. Su asunto no nos es ajeno, sino que es nuestro asunto. Por ello nos son muy cercanas.

Podemos objetar que la experiencia artística en general tiene como fin último ponernos frente a una realidad que no está sometida al tiempo. Colocarnos en las regiones de lo que es válido y valioso de forma universal, es decir, al margen del espacio y del tiempo. Pero lo hace por el camino del espacio y del tiempo. La obra está en él y nosotros también. Nuestra relación con ella se da en el tiempo. El camino hacia ese horizonte nuevo que la obra abre, se da en el tiempo.

Creemos además que parte de ese horizonte nuevo que nos brinda la obra también consiste en presentar ante nosotros un tiempo nuevo. La obra tiene esa capacidad de abrir para nosotros otro tiempo. Presentárnoslo como novedad o propiciar el reencuentro. En ella el tiempo nos es, de algún modo, desvelado y velado.

Aristóteles decía que trabajamos para contemplar. Esa es nuestra actividad más elevada. Nuestra máxima capacidad. Pero la contemplación, se realiza a través de lo sensible. De palabras, de sonidos, de materia.

En realidad no solemos prestar atención al tiempo. No entra dentro de nuestras percepciones inmediatas. Normalmente vivimos sumidos en él sin ser demasiado conscientes. Tan solo de cuando en cuando, inesperadamente, algo, no necesariamente una obra de arte ni de arquitectura, nos hace caer en la cuenta de su existencia, nos precipita en una particular consciencia del tiempo. Una consciencia que, pese a la sorpresa que nos genera, es solo un comienzo, porque nos pone frente a algo misterioso que no abarcamos.

No hace falta recurrir a ninguna erudición para explicar esto. Es evidente. Basta la simple experiencia personal.

Desde luego, lo que a veces nos hace conscientes del tiempo son las hecatombes, los sucesos que nos tambalean. Pero eso no es frecuente. Lo normal es que eso que nos hace caer en la cuenta no sea una trompeta atronadora que viene del más allá despertándonos. Suelen ser acontecimientos cotidianos. Muy “del más acá”. Asuntos de la notoriedad de las yemas de la higuera. Quien puso esa comparación recomendó, acto seguido, vigilar (6). Permanecer en la consciencia.

La obra de arquitectura tiene esa fantástica capacidad de ponernos frente a realidades insondables con medios perfectamente conocidos. La obra de arquitectura nos enfrenta al abismo del tiempo por medios corrientes.

1. “Si nada que no sea el alma, o la inteligencia del alma, puede numerar por naturaleza, resulta imposible la existencia del tiempo sin la existencia del alma”. Aristóteles, Física, 2233, 25, Gredos, Madrid 1995.

2. Mc 4, 30-32.

3. La referencia a la aurora y al alba están presentes en toda la obra de Zambrano. Valga esta cita como ejemplo:

“Por amplias que sean sus alas, la luz auroral que sigue al alba es como un boquete, un lugar que tiende a absorber y ofrecer al par la inminencia de que algo inconcebible aparezca”.

Zambrano, María, “Lo celeste”, en De la Aurora, Madrid, 1989, Mondadori, p.43.

4. “Sospecho que el espacio, en realidad, no forma parte de nuestras preocupaciones vitales, solo el tiempo, que se derrama y se escapa entre los dedos cuando intentamos atraparlo”.

Tuñon, Emilio, “El tiempo que se escapa entre los dedos. Luis M. Mansilla 1959-2012”,  nº 176, Madrid, 2012.

5. Martínez García-Posada, Ángel, Sueños y polvo, Madrid, 2009, Lampreave, p. 131.

6. Mc 13, 29.