El tiempo como manifestación.

“Hay un hecho claro y manifiesto: no existe ni el futuro ni el pasado. Tampoco es exacto afirmar que los tiempos son tres: pretérito presente y futuro. Quizá sería más exacto decir que los tiempos son tres: presente de lo pretérito, presente de lo presente y futuro. Estas tres clases de tiempo existen en el espíritu y no veo que existan en otra parte: el presente del pasado es la memoria, el presente del presente es la visión y el presente del futuro es la expectación. Si se me permiten estas expresiones veo ya los tres tiempos y confieso que son tres.”

San Agustín de Hipona. Confesiones, libro XI, 20, 26.

Según san Agustín de las tres fracciones que habitualmente hacemos del tiempo sólo hay una que existe realmente. No existe el pasado, que ya se fue, ni el futuro que todavía no está. Sólo existe el presente. Y en él, el presente de las cosas pasadas y el presente de las cosas futuras.

Este presente, además, existe como algo de espesor mínimo, fugaz, que hace su aparición como lo único existente y real y que deja de serlo al instante siguiente para dejar paso a otra manifestación de la realidad. De modo que el tiempo viene a ser en realidad, en verdad, fugaz como un relámpago y la única manifestación de las cosas, un pasar de no ser a ser de modo repentino para volver a dejar de ser enseguida. Llevado al extremo, lo presente es una aparición, una manifestación fulgurante, única y tremenda de la realidad. Una epifanía. Lo presente, es decir, el tiempo.

Tengo la intuición de que en la mejor arquitectura debe ser posible leer implícita una consideración sobre el tiempo, y en especial sobre este tiempo fulgurante y tremendo, como algo específicamente humano, profundo, misterioso y bello, don impagable, regalo continuo que nos es otorgado. Sobre este tiempo único, tremendo e irrepetible en el que las cosas son.

nigel henderson

Nigel Henderson. Chisenhale Road, 1951